El cáncer de su abuelo impulsa a Gladys González a un poemario contra la burocracia
Con 'Animalito salvaje', la poeta chilena mezcla el duelo familiar con una dura crítica al sistema de salud y la vejez.
El abuelo de Gladys González tenía una forma particular de llamarla: “animalito salvaje”. Ese apodo, que mezcla cariño y origen popular, terminó siendo el título de su nuevo poemario, un viaje directo a la muerte de ese hombre, víctima de un cáncer a la próstata. En Animalito salvaje (Libros del Cardo), la poeta transforma la enfermedad y el duelo en un relato que cruza la ternura con la rabia. Versos como “El rostro / de mi abuelo / está cubierto / de tierra” instalan de inmediato esa mezcla de fantasía y dolor que recorre todo el volumen.
El libro es la última entrega de una trilogía que arrancó con Ruido blanco y Estado de emergencia. Según la autora, la serie nació de un contexto explosivo: la pandemia, el confinamiento, la revuelta social y el control biológico excesivo se entrelazan con la fragilidad de los vínculos. Pero fue la muerte de su abuelo lo que le dio forma final a este volumen, donde la memoria se convierte en un territorio de batalla. González explica que el trabajo incluyó una investigación profunda, no solo sobre otros escritores que han tocado el tema de la enfermedad, sino también sobre textos de biología.
El cuerpo como campo de batalla
González no se queda en el relato íntimo. Su escritura apunta directo a la burocracia del sistema de salud, las deudas y la espera en los hospitales. En el libro, la enfermedad no es solo un mal físico, sino una metáfora de la precariedad: habla de cómo el cuerpo del paciente se transforma en un campo de batalla usando un lenguaje bélico (‘atacar’, ‘luchar’, ‘invadir’) que tomó prestado de la biología y la medicina. Este enfoque convierte al poemario en una suerte de bitácora sensible sobre lo que ocurre antes y después del diagnóstico, incluyendo el papel de las cuidadoras y los planes estatales que escasean.
Archivo de la vejez abandonada
La denuncia es clara: la sociedad mide el valor de las personas por su productividad, estética o poder adquisitivo, dejando a los viejos al margen. La poeta cita a Annie Ernaux y su idea de que los libros pueden ser políticos aunque no sean percibidos como solo literarios. Para González, la vejez debería ser una etapa honrada y contemplativa, pero en la práctica es una urgencia crítica de protección social. El poemario se vuelve así un archivo que protesta contra la obsolescencia etaria, y que busca generar redes de empatía con los lectores para convertir el dolor individual en un hecho colectivo.
Nostalgia y cultura popular
A pesar de la crudeza, el libro no pierde el tono afectivo. La autora hila recuerdos reconocibles para cualquier chileno: series de los 80 y 90 del imaginario doméstico, los veranos en Cartagena y los espacios de clase media. Esa mezcla de sentimientos y memoria colectiva es lo que dignifica el paisaje periférico, un gesto que marca su carrera desde el inicio. Gladys González, doctora en Letras, suma este título a una trayectoria que incluye Gran Avenida, Aire Quemado, Hospicio, Calamina y Pequeñas Cosas. Además, es la creadora de la Feria Internacional del Libro Valparaíso (FILVA) y ganó el Premio Pablo Neruda de Poesía Joven en 2019, un dato que refuerza su consolidación en la escena local. Con Animalito salvaje, la poeta logra que una historia familiar se transforme en una pregunta abierta sobre cómo tratamos a quienes envejecen.
Con información de La Tercera · Culto