Kidd Voodoo: del piso al Monumental, el costo de la fama exprés
El cantante maipucino, que empezó mirando al suelo, agotó su primer estadio y reflexiona sobre el precio del éxito.
Kidd Voodoo, nombre real David Simón León Urbina, tiene 24 años y una carrera que pocos artistas chilenos han tenido en tan poco tiempo. Pasó de cantar mirando al piso sin siquiera tener redes sociales a cerrar el Festival de Viña 2025, repletar doce veces el Movistar Arena (cerca de 170 mil personas) y sumar casi 7 millones de oyentes mensuales en Spotify. Ahora, el 7 de diciembre, Kidd Voodoo debutará en el Estadio Monumental, con boletos agotados en un suspiro. Pero ese ascenso no ha sido gratis.
Del suelo a las tablas
En conversación con Culto, el cantante confiesa que al principio era incapaz de levantar la cabeza frente al público. “Me costó mucho. Cantaba mirando para abajo, mi equipo me decía ‘mira para adelante’”, recuerda. Antes de ser artista no tenía Instagram ni Facebook; su vida era casa, computador y tele. Pasar de ese anonimato a campañas con Adidas y ver su cara en la calle le parece “un poco extraño”. Reconoce que sigue siendo una persona corta para hablar, pero que ha logrado vencer la ansiedad de tener que despersonificarse en escenarios masivos.
Récords que pesan
Su ritmo de trabajo es frenético: casi dos álbumes por año desde 2024, saltando del reggaetón de Los Rompecorazones, Vol. 2 al pop con guitarras de Euforia. El Monumental lo coloca en una lista selecta de artistas chilenos que han llenado un estadio: Sol y Lluvia, Los Prisioneros, La Ley, Los Bunkers, Los Jaivas, Myriam Hernández y Macha y El Bloque Depresivo. Sin embargo, Kidd Voodoo no se conforma: quiere hacer tres o cuatro estadios seguidos, algo que ningún chileno ha logrado. “Solo hemos hecho dos, como Los Bunkers o Los Prisioneros. Me gustaría romper esa brecha”, asegura.
El precio de la cima
Pero el éxito tiene su costo. “Llegué ayer a Chile y hoy me voy por tres semanas. A mi familia la he visto dos horas en tres meses”, dice. Combinar el flujo de trabajo con 30 personas, la música, la familia y una vida normal lo abruma. Se pregunta si vale la pena el sacrificio. “Es doloroso no estar con la gente que quiero. Para mucha gente los artistas trabajamos poco, pero hay que sacrificarse muchísimo”, reflexiona. Pese a todo, agradece estar en ese grupo de próceres y confía en que su techo aún no llega.
Con información de La Tercera · Culto