El Berlín que salvó a Iggy Pop: cómo Bowie y la banda forjaron “Lust for Life”
A 47 años de su lanzamiento, el disco que marcó la resurrección del cantante con ayuda de David Bowie sigue siendo un himno de supervivencia.
Para 1974, Iggy Pop era un fantasma. Tras la implosión de The Stooges, el cantante estaba hundido en las drogas y había pasado por una institución psiquiátrica. Su carrera y su vida parecían escritas con lápiz pasta, a punto de borrarse. Pero entonces apareció David Bowie, y el guion cambió por completo.
El departamento de Schöneberg y los ocho días que lo cambiaron todo
Bowie instaló a Iggy en un departamento del barrio de Schöneberg, en Berlín Occidental. El plan era doble: desintoxicarse y crear sin parar. Así, en 1977, después del denso y electrónico The Idiot, llegó Lust for Life, el segundo álbum solista de Pop y el testamento de su resurrección rockera. Se grabó en solo ocho días en los míticos Hansa Studios, a metros del Muro de Berlín.
La presión era real: había que optimizar el presupuesto de RCA Records. El equipo —acreditado como Bewlay Bros, la alianza entre Bowie, Pop y el ingeniero Colin Thurston— llegó al estudio con pocas letras cerradas y melodías esbozadas. Pero tenían una banda de lujo: los hermanos Hunt Sales en batería y Tony Sales en bajo, las guitarras de Carlos Alomar y Ricky Gardiner, y el propio Bowie en teclados y segundas voces. La improvisación y el pulso visceral de la banda pulieron nueve cortes directos y cargados de dinamismo.
Dos canciones que se volvieron parte de la memoria colectiva
El álbum abre con la pista que le da nombre, «Lust for Life». Su ritmo galopante nació de una maqueta de ukelele de Bowie que Hunt Sales transformó en una batería imparable. La letra retrata los excesos urbanos a través del personaje Johnny Yen. El tema se convirtió en un himno de supervivencia, y en 1996 pegó el salto planetario al sonar en la apertura de Trainspotting, de Danny Boyle.
En la misma placa brilla «The Passenger», una de las piezas más influyentes del rock. Nació de las noches en que Iggy recorría Berlín en auto con Bowie, con un guiño lírico a la poesía de Jim Morrison. La hipnótica progresión de acordes de Ricky Gardiner y el coro de «la-la-la-la» a destiempo entre Pop y el Duque Blanco inmortalizaron la mirada del observador errante.
La portada que decía todo sin palabras
La foto de portada, tomada por Andy Kent, muestra a un Iggy Pop sonriente, limpio y rebosante de energía. Nada que ver con la oscuridad de sus años previos. A casi medio siglo de su publicación, Lust for Life no solo salvó la carrera de la mayor fuerza escénica del proto-punk. También demostró que, al borde del precipicio, la sed de vivir y la furia del rock and roll pueden ganar la batalla. En Chile, el disco sigue sonando en radios y en las playlist de quienes saben que, a veces, un departamento en Berlín y un puñado de canciones pueden cambiarlo todo.
Con información de Radio Futuro