Electric Ladyland: el día que Jimi Hendrix rompió todas las reglas del estudio
A 56 años de su lanzamiento, el tercer disco de la Experience sigue siendo una clase magistral de experimentación sonora.
Corría 1968 y la escena musical estaba llena de bandas que miraban al pasado. Jimi Hendrix, en cambio, miraba para adelante. El 16 de octubre de ese año lanzó Electric Ladyland, su tercer y último álbum con la Jimi Hendrix Experience. No era un disco de blues revival ni un homenaje a las raíces: era un viaje sin mapa al futuro del rock.
“Estoy tocando todo lo que sé, tan solo tocando como me siento. Si suena a blues, bueno, llámalo como quieras, pero no es un renacimiento, porque ¿por qué volver al pasado?”, dijo Hendrix en la televisión canadiense justo antes del lanzamiento. Esa frase resume el espíritu de un álbum que se negó a seguir modas.
De una catedral londinense a una máquina de 16 pistas
El cambio de locación fue clave. Hendrix dejó los Olympic Studios de Londres, que comparaba con una catedral, y se instaló en la recién inaugurada Record Plant de Nueva York. El estudio era más íntimo y, sobre todo, tenía una consola de 16 pistas, una novedad en esa época.
“Era la primera vez que trabajaba con una mesa de 16 pistas, y debe haberse vuelto loco”, recordó el ingeniero Eddie Kramer en el booklet de la reedición de 1993. Con esa libertad técnica, Hendrix y Kramer empezaron a probar de todo: eco, micrófonos en posiciones raras, cintas al revés y flanger. No había reglas.
Fue el primer disco que Hendrix produjo él mismo, pero eso no significaba que tuviera un plan. De hecho, para cuando terminó, ya se había peleado con su manager de toda la vida y la banda estaba a punto de separarse. Nada de eso lo frenó.
15 minutos de Voodoo Chile y gaviotas que no eran gaviotas
Electric Ladyland terminó siendo un álbum doble porque simplemente no cabía en un solo LP. “Algunas pistas se están volviendo muy largas”, explicó Hendrix a la revista Circus. “Por eso solo se pueden obtener unas 20 pistas, nuestro tipo de pistas, en dos registros”.
Ahí está “Voodoo Chile”, que se estiró hasta los 15 minutos con Steve Winwood en el órgano y Jack Casady de Jefferson Airplane en el bajo. “No había hojas de acordes, ni nada. Hendrix solo empezó a tocar”, contó Winwood. Fue una sola toma, aunque antes hubo 13 intentos fallidos con la Experience.
En “1983… (Un tritón en el que debería convertirme)” se escuchan unas gaviotas que en realidad no lo son. Kramer lo explicó: “Es Jimi con sus auriculares retroalimentados en el micrófono. Los colocó sobre el micrófono, escuchó un chillido y dijo: ‘Vaya, eso suena bien’. Le puse un poco de retraso y listo: gaviotas”.
La versión definitiva de Dylan y el legado que cruza el Atlántico
El mayor éxito del disco en Estados Unidos fue “All Along the Watchtower”, de Bob Dylan. Hendrix la grabó sin ensayo, doblando 12 cuerdas con una acústica propia. Alcanzó el número 20 en EE.UU. y el 5 en el Reino Unido. “Cualquiera que no aprecie a Dylan debería leer la letra de sus canciones”, dijo Hendrix. “Son poesía, llenos de alegrías y tragedias de la vida”.
En Chile, Electric Ladyland no tuvo un impacto inmediato en las radios de la época, pero con los años se convirtió en disco de culto para músicos locales. Bandas como Los Jaivas y Congreso reconocen su influencia en la fusión de rock con psicodelia. Hoy, cualquier fanático del rock chileno que se precie tiene una copia, aunque sea digital.
Hendrix murió dos años después, pero Electric Ladyland quedó como su testamento sonoro: un álbum que no mira atrás, que prueba, que se equivoca y que convierte los errores en arte. Como dijo Kramer: “Tenía una mente fantástica para el color, el espacio y el tiempo”.
Con información de Radio Futuro