Chocolate Starfish: el disco con el que Limp Bizkit vendió un millón de copias en una semana y se ganó el odio de sus pares
A 26 años del lanzamiento, el álbum más polarizante del nu metal sigue siendo un documento sónico del cambio de milenio.
En octubre del 2000, Limp Bizkit lanzó Chocolate Starfish and the Hot Dog Flavored Water y rompió todos los récords: 1.054.511 copias vendidas en su primera semana solo en Estados Unidos, según Nielsen SoundScan. Fue el debut más grande para un álbum de rock desde que se creó ese sistema de medición en 1991, y se mantuvo dos semanas en el número uno del Billboard 200. El dato es brutal, pero no cuenta toda la historia: el disco también convirtió a Fred Durst en el blanco favorito de críticos y colegas, como Trent Reznor, que no se guardaron la hostilidad.
Una fiesta en el estudio que terminó en título ridículo
Después del éxito de Significant Other (1999), la banda entró al estudio con una seguridad que pocos grupos tenían en esa época. El bajista Sam Rivers recordó las sesiones como una fiesta constante, sin presión, donde las canciones se armaban sobre la marcha. Trajeron al productor Terry Date para que sonara nítido e implacable, y sumaron colaboraciones de Scott Weiland (Stone Temple Pilots), DMX, Method Man y Redman, además del productor Swizz Beatz para la reversión hip hop de «Rollin’ (Urban Assault Vehicle)».
El título del disco nació de dos bromas internas: «Chocolate Starfish» era una expresión vulgar que Durst usó con humor autocrítico para referirse a cómo lo veían los detractores; «Hot Dog Flavored Water» fue un chiste de Wes Borland sobre el sabor insípido de algunas aguas embotelladas. Durst lo definió como su versión de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band: un escaparate conceptual donde él asumía el personaje antipático para que la máquina funcionara sin complejos.
De las Torres Gemelas a la saturación
El disco llegó pavimentado por «Take a Look Around», compuesta para la banda sonora de Misión: Imposible 2, que trepó en las listas de rock moderno y sumó una nominación al Grammy. Pero el single que selló el estatus icónico fue «Rollin’ (Air Raid Vehicle)», cuyo videoclip se filmó en las alturas de las Torres Gemelas, con Ben Stiller y Stephen Dorff, y mostraba a la banda mofándose de su propia omnipresencia: gorras rojas, atuendos exagerados, todo el cliché del nu metal en su punto más alto.
«My Generation», «My Way» y «Boiler» completaron un arsenal que copó radios y MTV. Pero la sobreexposición pasó la cuenta. Durst reconoció el desgaste emocional de ser el centro de todas las miradas, y la crítica musical se volvió abiertamente hostil. A 26 años de su llegada a las vitrinas, el polvo de la polarización quedó atrás. La generación que creció con esos ritmos abraza el disco como el documento sonoro definitivo del cambio de siglo, y los propios músicos lo reconocen como el titán de su historia, el punto más alto de la marea nu metalera.
Con información de Radio Futuro