Violeta y Nicanor: el vínculo que marcó a dos genios chilenos
Una nueva edición del libro de Patricia Cerda profundiza en la relación entre los hermanos Parra, desde la infancia hasta la creación artística.
“Corre que ya te agarra Nicanor Parra”. Esa línea final de Cueca de los poetas, en el álbum Las últimas composiciones de Violeta Parra (1966), no era una casualidad. La cantautora chilena dejó claro en su carta póstuma que sin su hermano mayor no habría sido ella: “Sin Nicanor no hay Violeta”. Esa conexión profunda y contradictoria es la que aborda la escritora Patricia Cerda en su libro Violeta y Nicanor, que acaba de reestrenarse en una nueva edición de Ediciones B.
De la sangre a la memoria cultural
Publicado originalmente en 2018, el libro vuelve a las librerías como una novela de no ficción que reconstruye la relación entre la autora de Gracias a la vida y el antipoeta. La idea, según cuenta Cerda, nació en 2016, cuando se acercaba el centenario del natalicio de Violeta. Pero el poeta se le aparecía en cada paso: una entrevista de Nicanor donde se quejaba de que la crítica los viera separados, siendo que eran casi una misma persona, terminó de convencerla.
La autora, doctora en Historia, se sumergió en una exhaustiva documentación. Leyó las Conversaciones con Nicanor Parra de Leonidas Morales y viajó a Chile para visitar los lugares clave: la casa en los suburbios de Chillán, cerca del cementerio, donde crecieron los hermanos, y Lautaro, a orillas del río Cautín. “Necesito recorrer los lugares, sentir las atmósferas”, dice Cerda, quien radica en Alemania desde 1986.
Dos personalidades, un mismo camino
Cerda también recoge el contraste entre ambos. Mientras Nicanor era puro raciocinio y método, Violeta era volcánica e impetuosa. Él intentó encauzarla mandándola a la Escuela Normal de Santiago, pero a ella le aburrían las salas de clases. Su camino era el canto, y pese al terror de Nicanor de que se volviera una bohemia de bar, respetó esa decisión.
El momento epifánico llegó en 1951, cuando Nicanor regresó de Inglaterra y convenció a su hermana de dejar los boleros y corridos para dedicarse a recopilar folklore. Ese primer empujón, documentado en las entrevistas con Leonidas Morales, fue decisivo para la carrera de Violeta. La autora también indaga en la influencia del antipoeta en narradores chilenos contemporáneos como Roberto Bolaño y Alejandro Zambra, algo de lo que se habla menos que su impacto en la poesía.
Con un tono reflexivo y una narradora que se pregunta por su propia deuda con los Parra, Violeta y Nicanor no solo retrata a dos artistas fundamentales, sino que invita a entender cómo su vínculo le dio nueva dimensión a nuestra memoria cultural. “Las composiciones de Violeta y los poemas de Nicanor nos regalaron una mirada a lo nuestro que nos identifica”, dice Cerda. La novela está de vuelta para recordarlo.
Con información de La Tercera · Culto