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El magazine de la cultura pop chilena Santiago Fri 18 Sep 2026
Música

Paul Simon y Graceland: cuando violar el boicot al apartheid dio vida a un disco inmortal

A 40 años de su lanzamiento, el álbum que nació de una crisis personal y una cinta pirata sudafricana sigue sonando como un acto de fe musical.

Paul Simon y Graceland: cuando violar el boicot al apartheid dio vida a un disco inmortal
Vía La Tercera · Culto

Corría el verano de 1984 y Paul Simon parecía coleccionar desastres. La reunión con Art Garfunkel en Central Park juntó a medio millón de personas, pero la magia duró poco: otra vez ruptura, incluso borraron las voces de Garfunkel del disco que venía. Ese álbum, Hearts and Bones, fue el peor fracaso comercial de su carrera. Para rematar, su matrimonio con Carrie Fisher duró menos que un trámite de divorcio. Simon estaba en el hoyo.

En medio del vórtice, se aferró a un casete que le prestó la artista noruega Heidi Berg. La cinta tenía canciones de los guetos sudafricanos, con guitarras y acordeones que le sonaron a doo-wop y rhythm and blues de su adolescencia en Queens. Ahí había algo. El casete nunca volvió a manos de Heidi, pese a sus reclamos. Ese robo menor fue el germen de Graceland, un disco que mezcla inocencia, frescura y descaro.

Sin permiso de nadie

Con la carrera en punto muerto, Simon decidió viajar a Sudáfrica a grabar. Esto era plena era del apartheid, con un boicot múltiple organizado por la ONU y el ANC. El músico no pidió autorización a nadie: se saltó la permisología con un argumento cándido, que como artista no tenía por qué pedirle permiso a los políticos. El ruido lo persiguió por años y opacó parte del trabajo que marcaría el pináculo de su carrera.

Aunque se le tilda de haber iniciado la world music —un rótulo de disquería noventera—, Graceland es más bien un ejercicio de sincretismo. La base es africana, con músicos formidables como el bajista Bakithi Kumalo, que obligaron a Simon a cambiar su forma de componer: primero la música, con largas improvisaciones, y luego la letra. A pesar de las acusaciones de apropiación cultural, el neoyorquino logró incrustar sus melodías en esos ritmos y dejó viñetas como “The Mississippi Delta was shining like a National guitar” o “These are the days of miracle and wonder”.

Un carnaval ambulante y el regreso a casa

La promoción del disco fue igual de fascinante. Simon se paseó por el mundo con artistas exiliados como Miriam Makeba y Hugh Masekela, que llevaban décadas denunciando al régimen. Hubo protestas, avisos de bomba y amenazas de muerte, pero la energía de ese carnaval ambulante no se apagó. Aunque no tiene relación directa con Chile, la historia de Graceland marcó un hito en la música mundial. El tiempo le dio la razón a Paul: Nelson Mandela, ya fuera de prisión, lo invitó a dar conciertos en Johannesburgo. El disco que violó el boicot terminó ayudando a la música negra sudafricana más que muchas sanciones.

El pasado 25 de agosto se cumplieron 40 años de Graceland. Sigue siendo Paul Simon en estado de gracia, un disco que nació de un robo, una crisis y una apuesta que casi le cuesta la carrera.

Con información de La Tercera · Culto

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