Alicia Vega, la historiadora del cine que a los 95 sigue enseñando a mirar
La investigadora chilena cumple 95 años y repasa su legado: el Taller de Cine para niños, los cuadernos pedagógicos y una vida dedicada a la pantalla grande.
Al mediodía, en una casa de un piso en Ñuñoa, Alicia Vega prepara el almuerzo. “Yo hago la comida aquí en la casa”, dice con orgullo. A los 95 años, la historiadora del cine chileno mantiene una rutina que combina lectura, televisión —solo el canal Film & Arts— y visitas de estudiantes de posgrado que llegan a pedirle apoyo para sus tesis. “Leo todo el día, veo televisión y acepto las visitas que tengo”, cuenta.
Los libros ocupan una pared completa del comedor. Ella y su esposo Eduardo Vilches tienen bibliotecas separadas en sus dormitorios. En estos días lee El toque Lubitsch, de Herman G. Weinberg. Usa anteojos solo para leer, y asegura que su principal diversión es tener “muchos libros y en la fila para seguir leyendo”. En el living guarda además colecciones de zapatos y figuras de madera, compradas en el Persa o en anticuarios. “Porque son bonitos”, responde sin dudas cuando le preguntan por los zapatos.
El taller que cambió la forma de ver cine
El interés de Alicia Vega por acercar el cine a los niños nació cuando dirigía la Oficina Nacional de Cine y creó el programa Cine Foro Escolar. 40.037 niños y niñas de la Región Metropolitana asistieron a sesiones de apreciación cinematográfica en el cine Normandie. De ahí surgió la idea del Taller de Cine para niños, destinado a sectores de extrema pobreza. “Los niños pobres no tenían nada. No tienen ningún libro, no tienen elementos para entretenerse. Como a mí me interesaban los niños pobres, empecé a buscar elementos para que ellos se entretuvieran. La primera necesidad que yo planteé era que el niño lo pasara bien. Aprender jugando”, recuerda.
En el taller, los niños veían películas, armaban juguetes ópticos como taumatropos o zootropos, aprendían historia del cine y votaban los temas a conversar. “Ellos tienen la posibilidad de mover la imagen, se vuelven autores del juego”, explica. También comían una sopaipilla caliente en el recreo, “no para que fueran por la comida, sino por una cosa agradable”. Los talleres comenzaron en 1985, cuando muchos niños trabajaban como coleros de feria o cartoneros. Los sábados por la mañana, las madres disponían de tiempo para ellas mientras los chicos participaban.
Para marcar asistencia, los estudiantes escribían su nombre en un papel y lo depositaban en una urna. En plena dictadura, el acto parecía un voto. Lo mismo hacían para elegir los temas. “Nosotros nunca dijimos nada, pero eso era. Los niños tenían derecho a ir, poner su opinión”, apunta Vega.
Espectador activo y el legado escrito
La maestra fomentaba la figura de espectador activo: “tener una respuesta a lo que uno está viendo e incorporarlo a la vida real”. La metodología la había desarrollado antes en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad de Chile. “Tratar al niño como si fuera un adulto, es decir, que tiene la capacidad de entender y de recibir una metodología ordenada”. Tras cada taller, elaboraba un informe “absolutamente verídico”. Durante la pandemia compiló sus cuadernos en tres tomos de Los cuadernos de Alicia, para que “una persona pueda seguir ese método y enseñar otra cosa”.
El documentalista Ignacio Agüero, uno de sus alumnos, inmortalizó algunas sesiones en Cien niños esperando un tren (1988). Los padres y abuelos asistían a ver los trabajos finales. “Ellos mismos traían a más parientes que vinieran a verlos”, agrega Vega. Sus hijos también participaron: Manuel vive en Buenos Aires y Flora, arqueóloga, vive cerca de la casa de Ñuñoa.
Hoy, plataformas como Netflix o Disney+ ofrecen películas infantiles desde el celular, pero Vega no las usa. Prefiere los libros y el cine en sala. “Uno se puede resfriar, yo me cuido de los resfríos, porque respiro con un solo pulmón”, explica. Aun así, celebró su cumpleaños 95 con familia, amigos y los integrantes de la fundación que lleva su nombre. Vieron La novicia rebelde, “una película simpática” que muchos no habían visto.
Con información de La Tercera · Culto